Buenas Noches; W. Sky Istad and Cas Sister
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Buenas noches, gracias por estar en Sintonía. Hoy viernes 17 de abril de 1987, en su programa Buenas noches escucharán al obispo Guillermo Skillshare de las dioses de Yakima. Él hace una reflexión hoy viernes santo sobre las últimas siete palabras de Jesús en la cruz. Esta noche los invitamos a todos a escuchar su Buenas noches. Mi estimado pueblo hispano, este viernes santo siento gran deseo de compartir mi reflexión sobre la muerte de nuestro Señor Jesús con ustedes. Y así por este medio acompañar a la madre dolorosa reflejará hoy día en tantas madres que al perder a sus esposos, a sus hijos sienten una profunda soledad y abandono. Todos los sufrimientos de el Señor causados por el rechazo,
la tortura y abandono de sus amigos y pueblo a quien él de tantas maneras trato de predicarles la buena nueva de su padre. Son sufrimientos que se siguen repitiendo hoy entre sus seguidores y los que practican la justicia. Empezaremos por recordar algunos datos importantes que nos han dejado algunos historiadores de los tiempos de Jesús de Nazaret. Jesús nació en una pequeña aldea llamada Belén de Huda, hijo de una mujer del campo que se llamaba María. Creció en otra aldea Nazaret donde trabajó como campintero hasta que tuvo 30 años. Después y durante tres años fue
predicador ambulante. Nunca escribió un libro, nunca viajó a más de 150 milas de su lugar de nacimiento. Nunca hizo nada de lo que se asocia con grandeza. No tenía más credenciales que él mismo. Tenía sólo 33 años cuando la opinión pública se volvió en su contra. Sus amigos le abandonaron, fue entregado a sus enemigos e hicieron mofa de él en el juicio. Fui crucificado entre dos ladrones. Mientras agonizaba sus verdugos se fugaban sus vestiduras, la única posesión que tenía.
Cuando murió fue enterrado en una tumba prestada por un amigo. Han pasado ya casi 20 siglos y hoy es la figura central de nuestro mundo, el dirigido gente del progreso de la humanidad. Ninguno de los ejércitos que marcharon, ninguna de las amadas que navegaron, ninguno de los parlamentos que se reunieron, ninguno de los reyes que rellenaron ni todos ellos juntos. Han cambiado tanto la vida del humano en la tierra como la vida solitaria de este hombre llamado Jesús de Nazaret. Fue un predicador ambulante. Jesús reveló mucho acerca de sí mismo, no sólo por lo que dijo sino por la gente a la cual se
dirigió, los samaritanos, los leprosos, las prostitutas, los publicanos. Así vemos que Jesús violó la ley al hablar con los samaritanos, gente despreciada porque se casaban con gente de otras sectas. Jesús rechazó la idea establecida de que el impedimiento físico y la enfermedad eran castigo de Dios por los pecados, como también Jesús reprimió el juicio temerario que condenaba a la gente sin tener en cuenta circunstancias mitigantes. Amo Néstor, vete y no peques más. Pero todo esto Jesús lo hizo con gentileza. Con los publicanos de nuevo
Jesús despreció las limitadas normas de los jefes religiosos de su época. Al escoger por amigo al publicano Levy, más tarde llamaron Mateo. Los publicanos eran mercenarios que refugían impuestos para los despreciados romanos. Jesús no tuvo más credenciales que él mismo y así dijo cuando se le preguntó si él era el que debía venir. Él les contestó, los ciegos ven, los ojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y los pobres son evangelizados. Feliz aquel que al encontrarme no se aleja desilusionado. Los ancianos de su época estaban completamente frustrados. Para ellos la fidelidad a la ley era la única
manera de obtener misericordia. Entonces Jesús explicó su misión, pues Dios no ha enviado a su hijo al mundo para que busque al mundo, sino para que el mundo sea salvador por él. Jesús no dijo, os enseñaré el camino de la salvación, sino yo soy el camino, la verdad y la vida. Sus enseñanzas despertaron gran curiosidad acerca del padre. Felipe le dijo, señor muestranos al padre y nos basta. Jesús le dijo, Felipe tanto tiempo hace que estoy con ustedes y no me has
conocido. El que me ha visto a mí, ha visto al padre. Las palabras que yo os diño no las hablo de mí mismo. El padre que mora en mí hace sus obras. Mi querido pueblo hispano, pienso que vistas de esta manera las palabras y acciones de Jesús se nos conviertan en privilegiados canales de comunicación, un modo de mejor entender el misterio de Dios. Un día por las montañas apareció un peregrino, apareció un peregrino. Se fue acercando a la gente, acariciando a los niños, acariciando a los niños y va diciendo, por vos no
habido, habido paz. Soy amigo, sus manos no empuñan armas, sus palabras son de vida, sus palabras son de vida. Y llora con los que lloran, y comparte la alegría, y comparte la alegría, y va diciendo, por vos no habido, habido paz.
Soy amigo, reparte el pan con los hombres, a nadie niega su vino, a nadie niega su vino. Y está junto a los que busca, y consuela a los mendigos, y consuela a los mendigos, y va diciendo, por vos no habido, habido paz. Soy amigo, y los hombres que lo vieron, contaban a sus vestidos, contaban a sus vestidos. Hay un hombre por las calles, que quiere ser nuestro amigo, que quiere ser nuestro amigo.
Hay un hombre por las calles, que lleva la paz consigo, que lleva la paz consigo. Y va diciendo, por vos no habido, habido paz. Y va diciendo, por vos no habido, habido paz.
Mis queridos hermanos, con este bosquejo de la vida y misión de Jesús, pasaré a hacer la reflexión quietosa de las últimas siete palabras del Señor. Empezaré por la frase, bajó a los infiernos, que nos quiere decir esta frase, que Jesús bajó a los infiernos. En el credo decimos esta fórmula, fue crucificado, muerto y sepultado, descendió a los infiernos. Bajar a los infiernos significa que Jesús murió realmente y como todos los hombres se hundió en la limitación
y angustia de la muerte. Los infiernos. En el lenguaje tradicional de Israel eran el sheol, el abismo a donde iban a parar todos los humanos, hombres y mujeres, tanto los buenos con los malos, al término de su vida. Era un lugar de silencio, de tristeza, donde no existía ninguna esperanza. En realidad también fue para Jesús en su último día experimentar el infierno en la cámara de torturas de la torre Antonía. Jesús bajó también a este infierno antes de descender al de la muerte.
Roma torturaba a sus prisioneros. La muerte de Jesús fue un asesinato descritado por el poder imperial. No hemos de ver en Jesús a un reo que sufre en solitario o al hombre que más sufrió, el único que pasó por ese trago amargo. Miles de israelitas fueron crucificados y torturados antes que él y miles lo serían después. No fue el pueblo quien sugirió ni pidió la liberación de Barabás, dirigente de lote a quien las autoridades buscaban desde hacía tiempo por su participación en revueltas populares violentas.
Fueron las autoridades religiosas combinadas después con un grupo comprado para mejor legalizar el proceso contra Jesús. Queda bien claro en los Evangelios que quienes pedían a Barabás eran los sacerdotes y su camarilla. En aquel momento, los jefes religiosos y las autoridades romanas prefieron tener libre a un solote con clara opción violenta que a Jesús. Las leyes permitían bajalar a los acusados. Se usaba barra para este castigo y en los tiempos del Evangelio era usual el azotar en la misma sinagoga. La violación, la columna, la transgresión de la ley era motivo suficiente para sufrirla.
Los golpes no podían pasar de 40, por eso se daban ordinariamente 30 y la tradición indicaba que debía azotarse 13 veces sobre el pecho desnudo y las otras 13 veces sobre cada lado de la espalda. Los romanos popularizaron aún más esta cultura, la empleaban por varios motivos para castigar a los esclavos rebeldes, por faltas graves cometidas por los soldados dados en su servicio militar. Como tormento para arrancar confesiones a sus prisioneros y como preludio del tormento de la cruz. El silencio de Jesús ante sus torturadores no debe interpretarse como un silencio pasivo de masedumbre
simplista, de entrega vacía de sentido a sus enemigos. Jesús sí se está entregando por sus compañeros para salvarlos. Su silencio es un callar solidario para no deleitar a nadie, para no comprometer a los suyos. Él no abrió la boca según esa hermosa imagen del ciervo de Yahvé que había anunciado ya el profeta Isaías. Después de haberla abierto con tanta firmeza para denunciar a los injustos, no lo hizo cuando corría peligro la vida de los demás.
Su silencio solidario le hace hermano de los miles de hombres y mujeres que en el tormento supieron resistir, incluso hasta la muerte, por no deleitar a sus compañeros de lucha. Una corona de espinas. Mis queridos hermanos y hermanas, no me es fácil explicar o contemplar a una persona torturada con tanta crueldad y luego coronado con una corona de espinas. Tal vez nos quedamos cortos a tratar de traducir a palabras el dolor de un hombre o una mujer humillados y deshechos por la tortura. Jesús fue uno de estos hombres. Su integridad física, su interesa moral, su misma fue sufrieron en los calabozos de la Torre Antonia golpes muy duros.
Si Jesús nos precede en el camino, si por su fe en medio de la prueba se convirtió en pionero de los que comprometen su vida por la justicia, fue también porque soportó el dolor límite de la tortura. En los relatos de la pasión, los evangelistas dejan constancia de tres monumentos en los que Jesús fue objeto de la burla de los poderosos. Los leiditas policías al servicio de los sacerdotes del Sanedrin lugaran con él a una especie de gallina ciega, pidiéndole que adivinara quién le pegaba. En un segundo momento es Herodes y su corrupta corte quienes se burlan de él echándole sobre los hombres un manto blanco, distintivo del rey de la nación.
Por último, la soldadesca romana humilla a Jesús colocándole un manto rojo y una corona, símbolos reales de la época, desde tiempos de los griegos. En las baldosas del patio enlosado de la Torre Antonia hay algunas inscripciones de gran interés para entender el juego al que jugaron los soldados con Jesús mientras fue su prisionero. Se llamaba el juego del escorpión o del reyesito. Los soldados debieron jugar en aquella pasión a este pasatiempo y fue Jesús su humillado reyesito.
La corte de la Torre Antonia estaba formada por hombres que pertenecían a la provincia de Judea. Las tropas exiliares las entregaban extranjeros de distintas zonas de Palatina. Los judíos estaban exemptos de prestar este servicio militar al invasor. La corte la formaba gente de baja extracción, sin escrupulos, soldados adoctrinados por sus hefes para la represión. Todo es humillante en esta escena. La única dignidad la da la resistencia de Jesús, su silencio firme, su espíritu que no se doblega.
El perdón al enemigo, la no violencia, el mismo misterio del pecado, tanto individual como estructural, el mal que hay en el corazón del torturador. El mal que hay en la estructura que posibilita que haya hombres así tienen en el marco de la tortura una significación muy especial. Este es el hombre. No hay ninguna majestad en Jesús cuando Pilato lo muestra a la multitud que seguía reclamando su liberación. No es más que en un cuñapo. Es el siervo fiel de que había hablado Isaiah cientos de años antes. Y sin embargo, a pesar de no ser más que un desfojo fracasado, para los creyentes este es el hombre.
Por su fidelidad a Dios y a sus hermanos, por su compromiso con la vida y la justicia hasta las últimas consecuencias, este es el hombre. Por más que se haya llevado las manos, Pilato es el último responsable de la muerte de Jesús, el máximo responsable jurídico de aquella sentencia, ya que sin su aprobación la decisión del sanedrín no hubiera tenido validez. Así consta en la historia, tal como quedó fijado en la fórmula del credo, pedeció bajo el poder de Ponceo Pilato. Ante el gobernador romano habían llevado a Jesús los otros culpables, los sacerdotes y farceos que no solo le
condenaron por motivos religiosos, sino porque, al igual que sucedía con Roma, aquel hombre ponía en peligro todo su sistema. Así Jesús fue a la muerte como reo político, acusado de subversión contra el imperio romano, y fue ajusticiado con el tormento que se reservaba a los celotes y a los esclavos rebeldes, la cruz. Sobre sus espaldas pensaba además la acusación de los sacerdotes que le enviaron a la muerte como maldito de Dios y rebelde ante la ley.
Así le canto mi coro, así que a ti cante el cielo, así me canto mi favor, porque el pelo no sé ni siquiera. Así le canto mi coro, así que a ti cante el cielo, así me canto mi favor, porque el pelo no sé ni siquiera. Así le canto mi coro, así que a ti cante el cielo, así me canto mi favor, porque el pelo no sé ni siquiera.
Así le canto mi coro, así que a ti cante el cielo, así me canto mi favor, porque el pelo no sé ni siquiera. Así le canto mi coro, así que a ti cante el cielo, así me canto mi favor, porque el pelo no sé ni siquiera. Así le canto mi coro, así que a ti cante el cielo, así me canto mi favor, porque el pelo no sé ni siquiera. Así le canto mi coro, así que a ti cante el cielo, así me canto mi favor, porque el pelo no sé ni siquiera.
Recopilando los testimonios de los cuatro evangelistas, tenemos las siete palabras de Jesús en la cruz, que son sus últimas palabras en esta tierra. La primera de ellas, Padre, perdónalos, se refiere a una costumbre religiosa de Israel por entender que toda muerte tenía un valor de expiación, de perdón, de rescate. Aún a los delincuentes se les exotaba antes de morir a que pronunciaron el llamado voto expiatorio,
con una fórmula que decía que mi muerte sirva de expiación de todos mis pecados. Que Dios me perdone. Jesús no dirá esto. Reivindica hasta el último momento su inocencia y no por agujo ni testiduras. Por eso subivió esta fórmula. Que Dios perdone a los asesinos. Ellos son los que están en pecado. Ellos no saben lo que hacen. Hoy estarás conmigo en el paraíso. Esta segunda palabra refleja la esperanza que Jesús mantuvo hasta el último aliento de su existencia de que Dios iba a intervenir de una forma desconocida para él, pero tan eficaz que lo liberaría de la muerte.
Jesús esperó en el Gógota la irrupción liberadora del reino de Dios, por el que había luchado durante su vida. No se reseñaba al desaliento, no admitía que Dios pudiera fallarla y esperaba contra toda esperanza. Ese hoy del que habla a su compañero de tormento indica lo inmediato que iba a ser el cambio que él esperaba. Hasta el final, Jesús fue un hombre amante de la vida. La tercera palabra se la dirige a María su madre y a su amigo Juan.
Mujer, aquí tienes a tu hijo. Hijo, aquí tienes a tu madre. Hay que resaltar a que en el último momento fueron las mujeres más fieles a Jesús que los hombres. Ellas, las más débiles y las más cobardes, según el típico machista, se mantuvieron en pie ante aquel torturado que agonizaba, mostrando su videlidad a Jesús y arrascándose a las burlas de las autoridades, que le ridiculizaron hasta el último momento. La cuarta palabra la conservan los evangelistas en griego y de la vez su traducción, como para causar mayor impacto en el lector, para hacer que se detenga especialmente en esta frase.
Jesús se siente abandonado por Dios, ya no espera nada, experimenta toda su vida como un fracaso. Elí, elí, le más abatani, es la frase en griego. Marcos con en cabeza con la forma aramea, Eloy, Eloy, Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado. Jesús no llama a Dios como la hacía habitualmente papá, Abba, le llamaba Dios. Lo siente lejano, distante, callado. Con esas palabras comienza el Salmo de Sentidos. Los evangelistas nos están indicando que en la cruz Jesús rezó con este impresionante grito de angustia y abandono de este Salmo.
Leyéndolo podemos descubrir cuáles fueron los sentimientos que tuvo su corazón antes de reventar a casa de aquella cruel tortura. Jesús, como todo hombre, experimentó en su conciencia una evolución, un crecimiento. Su fe también tuvo un desarrollo y él supo lo que eran las dudas, los altibajos, los temores. Esta cuarta palabra en la cruz es uno de los momentos más significativos para apreciar la profunda humanidad de Jesús, el camino de su fe y de su esperanza, camino difícil y doloroso. La cuinta palabra, tengo sed, es un índice de la sed espantosa que sufrían los crucificados y que era uno de los mayores tormentos del suplicio de la cruz.
La continúa hemorragia producida por los clavos de Isdí estaba alrededor. A Jesús le acercaron en aquel momento una droga para aliviar el dolor. La sexta palabra, todo se ha cumplido, indica la conciencia que tenía de la cercanía del fin. Jesús no perdió el conocimiento, aunque extenuado por las torturas vio llegar la muerte con plena lucidez. Su última palabra en este mundo fue un gran grito, expresión de un dolor supremo y también de su suprema entrega en las manos de Dios en quien contiaba y a quien llamaba padre. Para reflejar esta fidelidad hasta el final, Lucas dio aquel grito inarticulado y descarador con que terminó
la vida de Jesús la forma de una oración llena de confianza. Padre en tus manos encomiendo mi espíritu. Jesús murió. Murió realmente. Dejó de existir su vida trena. Y cuando murió no sabía ni imaginaba que Dios lo iba a resucitar. No podía imaginarlo porque en el cuadro de ideas de su fe no entraba ni muchos menos esa creencia en una resurrección individual e inmediata. Si Jesús hubiera muerto sabiendo que a los tres pocos días viviría nuevamente, su muerte no hubiera sido real
ni humana ni dolorosa. Cuando pone su suerte en las manos de Dios, cree en él, espera en él con la misma fe y la misma esperanza con la que en la muerte hacemos todos los creyentes el mayor acto de fe y de esperanza de toda nuestra vida. Y lo hacen a ciegas en medio del dolor terrible de que todo se acaba. En la muerte, como en la vida, él fue nuestro hermano. En la muerte, como en la vida, experimentó la inseguridad y puso en Dios un edificio y dolorida esperanza con la que dar el salto final.
Aquel en quien creemos es un crucificado. Siglos de historia, de cultura y arte han hecho del crucificado una joya, un adorno motivo decorativo. Y a la arte han hecho del crucificado una joya, un adorno motivo decorativo. Y la cruz no era otra cosa que un horrendo patibelo y el crucificado un maldito. Hemos de ver en la cruz un cruel instrumento de tortura, ver en Jesús un guiñapo ensangrentado colgado de un palo. La revelación de Dios es un escándalo. No debemos acostumbrarnos, debe seguir escandalizándonos siempre. Es decir, sosundiéndonos si queremos renovar en nuestra propia experiencia cuál fue la original fe cristiana.
La muerte en cruz significaba por sí misma la exclusión de la comunidad de Israel y de la comunidad romana. Jesús fue crucificado fuera de las murallas de Jerusalén, maldito por la ley de su pueblo, expulsado y imaginado del sistema del imperio. Las instituciones políticas religiosas económicas la arrojaron fuera de su seno. En ese excomulgado creemos los cristianos. Nuestro Mesías es un maldito de las autoridades y por eso el poder injusto siempre maldecirá.
Al verdadero cristiano y lo arrojará fuera, como a Jesús. Tú conoces nuestra pena, pena de un pueblo que sufre. Tú conoces nuestra pena, pena de un pueblo que sufre. El dolor de los cuerpos que sufren enfermos. El hambre de gente que no tiene pan.
Silencio de aquellos que callan por miedo. La pena del triste que está en soledad. El drama del hombre que fue marginado. Tragedia de niños que ignoran reír. La purda comedia de faltas promesas. La falta de muertos que deben vivir. Dolorosa, que pie junto a la cruz. Tú conoces nuestra pena, pena de un pueblo que sufre. Tú conoces nuestra pena, pena de un pueblo que sufre. Dolor de los hombres sin tregua oprimido.
Cantancio de brazos en lucha sin fin. Cerebros lavados a base de clojas. El ritmo amargo del pobre y feliz. El llanto de aquellos que suman fracasos. La cruz del soldado que mata el amor. Pobreza de muchos sin libro en las manos. De hecho que lo meten todo el pecho. Dolorosa, que pie junto a la cruz. Tú conoces nuestra pena, pena de un pueblo que sufre. Tú conoces nuestra pena, pena de un pueblo que sufre.
En un sepulcro nuevo. Jesús murió el viernes de la semana de Pascua. Que era para los judíos día de preparación. Ya que al día siguiente, sábado, no se podía trabajar. Era el día de descanso impuesto por la ley. Por tratarse del gran sábado de Pascua. Era el sábado aún más solemne que los otros del año. El gran sábado comenzaba a caer la tarde. Y aparecer en el cielo las primeras estrellas.
Las cadáveres de los ajusticiados eran impuros. Y según la ley, no debían manchar con su presencia la fiesta de aquel día. Esto explica la urgencia con que terminó el ajusticiamiento. Y tuvo que efectuarse el entierro de Jesús. Algunos crucificados permanecían colgados del madero días enteros. En una agonía inacabable. Las leyes romanas tenían prevista la forma de acelerar la muerte. Fracturando los huesos de las piernas a golpe. El desgarramiento que se producía en todo el cuerpo provocaba la asfixia final. A los revolucionarios de lotes les fue aplicado este brutal método.
En el caso de Jesús, no fue necesario romper ningún hueso. Había muerto muy pronto. El lanzazo del soldado era una forma de asegurarse de que estaba realmente muerto. Como tiro de gracia. José de Aramatía y Nicodemo de las clases dirigentes que se empatizaban con Jesús. Aunque lo hacían clandestineamente. Se atrevieron en el momento final a dar la cara para reclamar el cuerpo y poder enterarlo con cierta dignidad. Una imagen clásica y muy querida por la piedad del pueblo ha sido la de María con su hijo muerto en los brazos.
La muerte de Jesús fue la suprema prueba de fe para María que, con su propio hijo, no contaba con la resurrección. María que había entendido confusamente los proyectos de su hijo. En los primeros momentos que después había intentado compartir con él sus riesgos y esperanzas. Sentía aquel día una infinita soledad, un profundo sentimiento de fracaso, de tristeza, de inutilidad. Jesús fue colocado en una tumba privada comprada por José de Aramatía para su familia y en la que nadie había sido enterrado antes. La entrada de la tumba se cerraba con una pesada piedra redonda que giraba como rueda.
El Gran Sábado. Mi querido pueblo, nuestra fe nos dice que la muerte de Jesús no fue el final de su vida. Sino que fue la coronación de su actividad y el camino para su glorificación que por la cruz pasó de muerte a vida y que, resucitándolo, Dios hizo de aquel hombre del pueblo asesinado por el imperio romano y la institución religiosa. El Señor de la Historia. La esperanza de los humanos. Pero nada de estos sabían los discípulos de Jesús ni tampoco su madre María. Para ellos lo corrido era el final de todas sus esperanzas y el fracaso del proyecto del reino de Dios por el que habían trabajado durante meses con Jesús.
Los apóstoles no pensaron nunca ni siquiera imaginar que Jesús podía resucitar. Prueba de ello es que tuvieron miedo y quisieron escapar a Galilea para empezar de nuevo la vida en su región sin preocuparse para nada del reino. Con la muerte de Jesús dieron todo por terminado. Tengamos en cuenta que los funestos acontecimientos del viernes dejaron a los amigos de Jesús y a su madre unidos en una esperanza, miedo, decepción, pesimismo y recuerdos admirados de Jesús. Pero también sienten imposibilidad de encontrar ninguna forma de continuar su obra y esto los desconcierta. Son todos sentimientos que nacen de una profunda falta de esperanza.
La Iglesia para indicarnos liturgamente ese hueco que Jesús dejó con su muerte. Nunca se celebra en los templos ninguna reunión cristiana en este día, el del sábado santo. No hay Eucaristía, no hay Asamblea. Es una forma de simbolizar el vacío que María, las mujeres y los apóstoles sintieron aquel sábado en Jerusalén recién enterrado Jesús. Mis hermanos y hermanos, la experiencia nos enseña que ante la muerte de aquellos a quienes hemos querido, ninguna palabra sirve. Es difícil hallar con su vuelo en oración o en los propios enunciados de nuestra fe. Solo cuenta entonces una pregunta.
¿Les volveremos a ver? ¿Nos volveremos a encontrar con ellos? El nombre que anhelamos hallar en Dios en ese umbral de la muerte es el del Dios que rescata la vida. Solo en un Dios que resucite a nuestros muertos, que nos permita abrazarlos de nuevo, puede hallar paz nuestro dolor. Mi querido pueblo, hoy viernes santo hacemos memoria de todos los perseguidos de la historia y que como Jesús de Nazaret mueren dejando un vacío en las personas que los conocieron y siguieron. Acompañamos de un modo especial a las madres que como María, la madre de Jesús, lloran en silencio por los seres queridos que tan bruscamente se les han arrebato de su medio.
En fin, hoy de un modo especial recordemos hoy a los Jesuses de todos los tiempos que continúan siendo crucificados en todos los pueblos del mundo. Terminaré estas reflexiones de los últimos momentos de la vida de Jesús con esta hermosa poesía española. No me mueve mi Dios para quererte, el cielo que me tienes prometido, ni me mueve el infierno tan temido, para por eso dejar yo de ofrenderte. Señor, mueveme el ver tu cuerpo en conocido, mueveme el verlo tan herido, mueveme tus afrentes y tu muerte, mueveme en fin tu amor de tal manera que aunque no hubiera cielo, yo te amara y aunque no hubiera
infierno, te temiera. Mi Dios, no me tienes que dar nada porque te quiera porque aunque lo que espero no es para rara, lo mismo que te quiero te quisiera. Mi querido pueblo hispano, continuemos en esa reflexión como nos lo marca la liturgia de estos días. Así podemos celebrar con gran alegría como lo hizo María la Madre de Jesús el día en que Jesús su hijo fue resucitado por su Padre Dios de entre los muertes.
Que el Señor los bendiga hoy y siempre. El obispo Guillermo Skillstad. El obispo Guillermo Skillstad.
El obispo Guillermo Skillstad. El obispo Guillermo Skillstad.
Escucharon al obispo Guillermo Skillstad de las dioses de Yaquima. Les damos las gracias a cada uno de ustedes por habernos acompañado y les decíamos que al festejar este domingo tengan una pascua de resurrección muy fervorosa. Para Radio Cadena, yo soy Ninfair Gutiérrez. Buenas noches. Buenas noches.
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- Series
- Buenas Noches
- Episode
- W. Sky Istad and Cas Sister
- Contributing Organization
- KDNA (Granger, Washington)
- AAPB ID
- cpb-aacip-199-28ncjwnc
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- Description
- Series Description
- Buenas Noches is a public affairs talk show which focuses mainly on issues directly affecting the Latinx community in Washington State.
- Broadcast Date
- 1987-04-17
- Genres
- Talk Show
- Topics
- Public Affairs
- Spanish Language
- Subjects
- W. Sky Istad and Cas Sister; KDNA
- Media type
- Sound
- Duration
- 01:00:11
- Credits
-
-
Gutierrez, Ninfa R.
Guest: Gutierrez, Ninfa R.
- AAPB Contributor Holdings
-
KDNA-FM
Identifier: cpb-aacip-254f1d14939 (Filename)
Format: 1/4 inch audio tape
Generation: Original
Duration: 01:00:00
-
KDNA-FM
Identifier: cpb-aacip-36ee3db37d5 (Filename)
Format: 1/4 inch audio tape
Generation: Original
Duration: 01:00:00
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- Citations
- Chicago: “Buenas Noches; W. Sky Istad and Cas Sister,” 1987-04-17, KDNA, American Archive of Public Broadcasting (GBH and the Library of Congress), Boston, MA and Washington, DC, accessed September 19, 2026, http://americanarchive.org/catalog/cpb-aacip-199-28ncjwnc.
- MLA: “Buenas Noches; W. Sky Istad and Cas Sister.” 1987-04-17. KDNA, American Archive of Public Broadcasting (GBH and the Library of Congress), Boston, MA and Washington, DC. Web. September 19, 2026. <http://americanarchive.org/catalog/cpb-aacip-199-28ncjwnc>.
- APA: Buenas Noches; W. Sky Istad and Cas Sister. Boston, MA: KDNA, American Archive of Public Broadcasting (GBH and the Library of Congress), Boston, MA and Washington, DC. Retrieved from http://americanarchive.org/catalog/cpb-aacip-199-28ncjwnc